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Noble legado del historiador Sergio Martínez Baeza

  • Por Erick Bellido, periodista investigador cultural. //

Erick Bellido, periodista investigador cultural.

Nacido el 16 de diciembre de 1930, Sergio Martínez Baeza pertenece a esa estirpe de intelectuales chilenos cuya vida se confunde con la historia de las instituciones que sirvieron. Historiador, abogado, bibliotecario y profesor, ha dedicado más de siete décadas a un mismo propósito: investigar el pasado de Chile, enseñarlo y custodiar los documentos que lo prueban.

Se formó en la Universidad de Chile, la casa de Bello y Domeyko. Y allí se quedó. Por más de 50 años fue docente de esa universidad, donde heredó y transmitió dos disciplinas exigentes y poco transitadas: el derecho indiano y la historia del derecho. En tiempos en que la academia tiende a la especialización fragmentaria, Martínez Baeza defendió una visión integral. Para él, entender la ley colonial era entender la sociedad que la produjo.

Su cátedra se hizo conocida por tres rasgos: rigor documental, respeto por la fuente primaria y pasión por el detalle. No bastaba con repetir manuales. Había que ir al archivo, leer el manuscrito, cotejar la cédula real, discutir la interpretación. De sus clases salieron generaciones de historiadores, profesores de enseñanza media y bibliotecarios. Muchos de quienes hoy dirigen bibliotecas públicas, archivos regionales o cátedras universitarias pasaron por su sala. Les enseñó algo más que contenidos: les enseñó oficio.

Pero Sergio Martínez Baeza no se limitó a enseñar historia. Comprendió que sin patrimonio no hay memoria, y sin memoria no hay país. Por eso asumió la tarea menos glamorosa y más necesaria: cuidar los libros.

Su trayectoria en las grandes bibliotecas nacionales es, por sí sola, un capítulo de la historia cultural de Chile. Fue director de la Biblioteca José Toribio Medina, el mayor fondo bibliográfico americanista de América Latina. Medina reunió, a fines del siglo XIX, una colección que ningún otro bibliógrafo del continente logró igualar. Estar a cargo de ese tesoro exige tanto vocación curatorial como capacidad de gestión. Martínez Baeza tuvo ambas.

Posteriormente, asumió la dirección de la Biblioteca Diego Barros Arana. Si la Medina es universal, la Barros Arana es profundamente chilena. Guarda primeras ediciones, mapas, folletos, correspondencia y manuscritos que narran la formación de la República. Bajo su dirección se avanzó en la conservación preventiva, en la digitalización de catálogos y en la apertura a investigadores jóvenes.

Más tarde, llegó a la Subdirección de la Biblioteca Nacional de Chile. Desde allí le tocó pensar el sistema bibliotecario como un todo. No se trataba solo de guardar, sino de conectar. Así perfecciona los sistemas de catalogación, la unificación de criterios y la idea de que una biblioteca nacional debía ser visitada, usada y discutida. Para él, el libro cerrado en un depósito es un libro muerto.

Esa convicción lo llevó a promover una idea simple y revolucionaria a la vez: las bibliotecas son centros vivos de cultura. No son mausoleos. Deben tener salas de lectura llenas, programas de extensión, exposiciones y acceso para el público general. Gracias a ese empuje, miles de estudiantes, profesores y ciudadanos comunes pudieron acercarse a colecciones que antes parecían reservadas solo para eruditos.

Paralelo a su trabajo en bibliotecas, Martínez Baeza mantuvo una activa presencia en la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Desde esa tribuna promovió la investigación regional, el rescate de fuentes locales y el diálogo entre historiadores profesionales y aficionados. Creía en una historia hecha desde abajo, con documentos, pero también con sentido de unidad.

Si intentamos resumir su aporte, aparece con claridad una tríada que ordenó toda su vida: docencia, investigación y patrimonio.

Como docente, formó capital humano. Como investigador, publicó trabajos y dirigió tesis que siguen siendo referencia en derecho indiano e historia institucional. Como gestor patrimonial, protegió la memoria de Chile. Pocos en nuestro país pueden exhibir un currículum tan coherente y útil para el bien común.

Hombres como Sergio, representan el espíritu intelectual y de servicio público del siglo XX chileno. Universitario de vocación, funcionario del Estado por convicción, y hombre de biblioteca por amor. No buscó figuración mediática. Su prestigio se construyó en las aulas, en las fichas de catalogación y en las reuniones de directorio. Es el tipo de figura que sostiene un país culturalmente, aunque rara vez aparezca en los titulares.

Sergio Martínez Baeza

Hoy, a sus 96 años, su legado es tangible. Está en cada estudiante que aprendió a citar una fuente gracias a él. Está en los estantes ordenados de la Medina y la Barros Arana. Está en los protocolos de conservación que hoy aplica la Biblioteca Nacional. Y está en la conciencia de muchos de que preservar el pasado es también una forma de proyectar futuro.

En un momento en que discutimos tanto sobre identidad, patrimonio y educación, las trayectorias como la de Martínez Baeza deberían ser ejemplo y política pública. Necesitamos más gente que una la investigación con la gestión, y la gestión con el servicio.

Por todo lo anterior, es posible promocionar su figura como serio candidato a recibir el Premio Nacional de Historia 2026. No se trata de un premio de consuelo, ni de un homenaje tardío. Se trata de reconocer, en vida, a quien ha dedicado su existencia a que chilenos y extranjeros conozcan mejor nuestra historia local y universal, pero con mejores herramientas para su potencial estudio.

Chile le debe a Sergio Martínez un reconocimiento en vida. No solo por lo que hizo, sino por la manera en que lo hizo: con rigor, sin aspavientos, y con la certeza de que la cultura es la infraestructura invisible de una democracia sana forjada por personas que brindan un legado útil, silencioso y potente.

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