- Por María Javiera Contreras, Socia líder de Consultoría Tributaria y socia de Estrategia y Transacciones, EY Chile. //

La tasa de desempleo en Chile llegó a 9,5% en el trimestre mayo-julio de 2026, su nivel más alto en cerca de cinco años. Pero lo más preocupante no es solo el porcentaje. Por primera vez en más de cinco años, la ocupación cayó, mientras aumentaron los desocupados y quienes buscan trabajo por primera vez. Esto ya no parece una fluctuación pasajera, sino un mercado laboral que ha perdido capacidad para crear empleos formales y sostenibles.
La explicación inmediata es el bajo crecimiento. Cuando las ventas se debilitan, la inversión se posterga y cae la confianza, las empresas congelan vacantes y evitan asumir costos permanentes. A su vez, el desempleo reduce el consumo y aumenta la cautela de los hogares. Se forma así un círculo difícil de romper, ya que, el bajo crecimiento limita la contratación y la falta de empleo restringe todavía más la actividad.
Aun así, atribuir todo al ciclo económico me parece insuficiente. Chile también enfrenta factores normativos persistentes. En los últimos años aumentaron el salario mínimo y el costo por hora asociado a la reducción de la jornada, y hoy se discute el proyecto de sala cuna. Son debates que se vienen dando hace tiempo y que, por cierto, persiguen objetivos sociales legítimos. Precisamente por eso conviene insistir en algo que rara vez se pone sobre la mesa: lo que está definiendo el impacto en el empleo es el efecto conjunto de mayores costos, obligaciones e incertidumbre en un escenario de baja productividad.
Si el costo de contratar crece más rápido que lo que generan las empresas, estas elevan el umbral para abrir una vacante, especialmente en puestos de entrada, actividades de bajos márgenes y pequeñas empresas. El resultado no siempre es un despido. Muchas veces es una vacante que no se abre, una función que se externaliza o una inversión en automatización. Esto no significa que la regulación sea la única causa del desempleo ni que deban debilitarse las protecciones laborales; significa que la discusión sobre cómo normar el trabajo no puede seguir aislada de sus consecuencias sobre quienes buscan empleo.
A esa discusión se suma un factor que lo cambia todo: la irrupción de la inteligencia artificial. Aún no existe evidencia para afirmar que explica el desempleo chileno, pero sería un error ignorar su influencia. Algunas empresas ya pueden aumentar su producción sin ampliar proporcionalmente sus equipos; otras no saben cómo incorporar estas herramientas y prefieren esperar antes de contratar. Frente a una vacante, hoy se preguntan si necesitan una persona, una solución tecnológica, un agente, un software o un servicio externo.
Y aquí aparece la tensión de fondo. En el mundo que viene, el trabajo probablemente no será como lo conocemos. Las empresas están repensando sus modelos operativos y deben rearmarse para el futuro con la mayor flexibilidad posible. Pero buena parte de nuestra normativa laboral sigue diseñada para proteger el empleo tal como lo heredamos de la revolución industrial.
Estamos intentando calzar un sistema nuevo en un modelo antiguo. Contratar hoy se asemeja a una decisión casi irreversible -por indemnizaciones por años de servicio, cargas y beneficios que terminan convertidos en derechos adquiridos-, las empresas pierden margen de maniobra justo en tiempos que más necesitan adaptarse.
La respuesta no es desechar a las personas, sino ponerlas en el centro. Reciclar talento, capacitar y hacer upcycling de competencias para que nadie quede fuera de esta transición. Pero eso exige preguntas más ambiciosas que las que hoy dominan el debate. Por ejemplo, ¿cómo permitimos que una persona se emplee en varios lugares a la vez, incluso traspasando fronteras? La conversación ya no debería ser solo cómo proteger el empleo del pasado, sino cómo habilitar el trabajo del futuro sin dejar a nadie atrás y creando posibilidades constantemente.
¿Puede la megarreforma cambiar este escenario? Su orientación hacia la inversión, la certeza regulatoria y el empleo formal va en la dirección correcta. De hecho, las empresas que exporten servicios basados en conocimiento podrán utilizar crédito contra el Impuesto de Primera Categoría, lo cual me parece muy positivo e innovador. Sin embargo, volvemos al punto inicial. En momentos de incertidumbre, ninguna empresa contrata solo por un beneficio tributario si no espera mayores ventas, de modo que su efecto será focalizado y debería observarse con más fuerza desde 2027, cuando comiencen a materializarse nuevas inversiones.
Chile necesita una estrategia que combine crecimiento, productividad, capacitación pertinente e incentivos simples. Pero, sobre todo, necesita actualizar el marco con que pensamos el trabajo, revisar el efecto conjunto de las regulaciones y facilitar una incorporación responsable de la tecnología, siempre con el ser humano en el centro.
La señal de recuperación no será que el desempleo baje unas décimas. Será que vuelvan a crecer el empleo formal, la ocupación y las oportunidades para quienes hoy tardan meses en encontrar trabajo. Y será, también, que dejemos de discutir el trabajo con las categorías del siglo pasado. Sin empleos accesibles y sin un marco a la altura de los cambios, podrán mejorar las cifras macroeconómicas, pero no la confianza ni el bienestar de los hogares.




