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¡Cabezas de alcornoque!

  • Por Gastón Fernández Montero, abogado. //

Gastón Fernández Montero, abogado

«Cabezas de alcornoque». Elegí este popular término que hace referencia al alcornoque (quercus suber), árbol de cuya corteza se extrae el corcho, y que asocia la ligereza, porosidad y «vacío» del corcho con una cabeza que tiene poco contenido intelectual o que es «dura de entender». Creo que es el término más acertado para describir al pasado gobierno, porque su proyecto de renovación dejó la impresión de una administración construida sobre la improvisación. Lo que algunos celebraron como aire nuevo terminó revelando un déficit preocupante: decisiones tomadas desde la inexperiencia y la subestimación de la complejidad estatal que terminaron por afectar servicios, recursos y la confianza pública.

Desde el inicio del mandato se impuso un ritmo político acelerado que priorizó titulares sobre diagnósticos. Equipos ministeriales con escasa trayectoria técnica rotaron con frecuencia; políticas se anunciaron sin pilotos ni evaluaciones previas; y la comunicación oficial osciló entre la grandilocuencia y la contradicción. Gobernar un Estado moderno exige no solo ideas, sino procesos, capacidades técnicas y respeto por las instituciones: en muchos casos, esos elementos brillaron por su ausencia.

Entre algunos casos ilustrativos destacan:

  • Programas lanzados sin pruebas: iniciativas sociales y económicas anunciadas con bombos y platillos que no contaron con estudios de factibilidad ni mecanismos de evaluación, lo que obligó a rectificaciones costosas y a confundir a beneficiarios.
  • Gestión administrativa débil: procesos de contratación y ejecución con fallas de planificación que generaron retrasos, sobrecostos y cuestionamientos sobre transparencia.
  • Comunicación contradictoria: mensajes oficiales que se desmentían entre sí, creando incertidumbre en mercados, en la ciudadanía y en los propios funcionarios encargados de implementar las políticas.

La juventud y el entusiasmo no son en sí mismos defectos; son, en muchos casos, una fuente de renovación.

El problema surge cuando esa energía no se combina con equipos técnicos sólidos ni con procedimientos que mitiguen el riesgo de errores. Gobernar implica negociar con burocracias, actores sociales y marcos legales; exige diagnósticos rigurosos y la humildad de reconocer límites. La cultura de la inmediatez y la búsqueda de impacto mediático terminaron por privilegiar soluciones simplistas frente a problemas complejos.

Las consecuencias fueron múltiples. Algunas de ellas son:

  • Para la ciudadanía: servicios públicos afectados, beneficiarios confundidos y recursos públicos malgastados.
  • Para las instituciones: erosión de capacidades técnicas si no se corrigen prácticas de contratación y formación.
  • Para la política: aumento de la polarización y pérdida de credibilidad que dificulta acuerdos necesarios para reformas estructurales.

Por esto no podemos estar más de acuerdo con el llamado del gobierno actual a las auditoría y a la rendición de cuentas.

  • Auditorías independientes que cuantifiquen el alcance de los errores y los costos asociados.
  • Fortalecimiento técnico mediante la incorporación de equipos con experiencia en diseño e implementación de políticas públicas y la institucionalización de evaluaciones de impacto y pilotos previos a escalados.

Además, recomiendo establecer:

  • Programas de formación y mentoría para cuadros jóvenes que asumen responsabilidades ejecutivas, combinando innovación con prudencia técnica.
  • Protocolos de comunicación y transparencia que eviten mensajes contradictorios y obliguen a rendir cuentas sobre resultados y errores.

Criticar no es destruir; es exigir que la política se ejerza con responsabilidad. Si la juventud trajo ideas, que también traiga la disposición a construir capacidades, a reconocer errores y a aprender. La política que merece la ciudadanía no se improvisa: se construye con rigor, con equipos competentes y con la humildad de quien sabe que gobernar es, sobre todo, servir.

 

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