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En la era de los minerales estratégicos, ¡Chile debe liderar!
- Por José Ignacio Blavi Aros, CEO de Lithium Sciences. //

Los últimos años han sido complejos para el escenario global de los minerales estratégicos. Las cadenas de suministro se tensionaron, la geopolítica redefinió alianzas, y la seguridad energética pasó a ser inseparable de la seguridad nacional. En ese nuevo orden, Chile no es un espectador: es un actor central.
La administración anterior dio un paso relevante al impulsar la Estrategia Nacional del Litio, seguida por lineamientos de política pública y acuerdos que marcaron un punto de partida institucional. Era necesario. Pero iniciar no es lo mismo que consolidar. Hoy debemos pasar de una posición defensiva a una ofensiva estratégica.
En mi libro Mining Energy señalé: “Los países que comprenden la energía como soberanía almacenada no venden su futuro; lo diseñan.”
Chile no puede seguir negociando desde la cautela excesiva ni aceptar modelos donde nuestros recursos estratégicos generen retornos marginales durante una década antes de impactar en el desarrollo nacional. No somos una jurisdicción periférica en búsqueda de validación externa, no somos un país africano promedio, somos Chile, y nuestras instituciones funcionan. Somos una de las naciones más transparentes, estables y técnicamente competentes del mundo minero. Debemos actuar en consecuencia.
No hay justificación para complejidades innecesarias que paralicen el crecimiento. Tampoco debemos ceder espacio a visiones que se oponen al desarrollo sin ofrecer alternativas reales para generar prosperidad. Un país que posee una parte sustantiva de la base mineral que sustenta la transición energética no puede permitirse ambigüedades estratégicas.
El litio, el cobre y los nuevos minerales críticos no son simplemente commodities. Son minerales de infraestructura para el nuevo sistema energético global. Como escribí en Mining Energy: “Los minerales ya no se extraen solo del subsuelo; se extraen de la visión estratégica. El verdadero valor está en cómo un país los posiciona dentro de la transformación global.”
Chile tiene esa visión, pero aún no la comunica ni la ejecuta con la contundencia necesaria.
Necesitamos socios reales, no actores oportunistas. Socios que comprendan la creación de valor de largo plazo, la integración tecnológica, la participación aguas abajo y el compromiso con estándares sociales y ambientales de clase mundial. Países como Canadá han demostrado que es posible combinar institucionalidad sólida, desarrollo de mercado de capitales, participación indígena y minería competitiva. Ese es el estándar de asociación que Chile debe exigir.
También, debemos fomentar competencia nacional. No es razonable que en un sector estratégico de miles de millones de dólares solo unas pocas propuestas lleguen a la mesa regulatoria. Un marco regulatorio moderno debe incentivar la excelencia y la innovación, no desincentivar la iniciativa privada. La transparencia debe acelerar la inversión, no obstaculizarla.
La Estrategia Nacional del Litio introdujo el principio de colaboración público-privada. Es un avance correcto. Pero la colaboración sin una agenda clara de valor agregado es incompleta.
Chile debe dejar de concebirse únicamente como proveedor de minerales y comenzar a participar en las cadenas de valor que estos habilitan: materiales avanzados, almacenamiento energético, procesos químicos de alta especialización y plataformas tecnológicas. Tal vez, en el cobre esta transición sea más compleja por su madurez industrial. Pero en los nuevos minerales estratégicos estamos a tiempo de definir nuestras propias reglas.
No somos un país que deba conformarse con “centavos por dólar”. Tenemos institucionalidad, geología, ingeniería, capital humano y liderazgo empresarial para establecer un estándar superior.
En Mining Energy también afirmé: “El verdadero nacionalismo de recursos no es exclusión; es inclusión inteligente, bajo nuestros propios términos.” Esto no es un llamado al aislamiento. Es un llamado al liderazgo.
Chile posee una parte sustantiva del almacenamiento químico que hará posible la electrificación global. Posee reservas que serán fundamentales para las próximas generaciones. Esa posición conlleva responsabilidad, pero también oportunidad.
Tenemos la posibilidad de diseñar marcos regulatorios competitivos y éticos. De construir campeones nacionales con proyección global. De integrar capital, tecnología y desarrollo social de manera ejemplar. Chile puede ser más que un país minero. Puede transformarse en un arquitecto estratégico del nuevo sistema energético: un hub transparente, eficiente, globalmente conectado y ambicioso.
El mundo se está reorganizando en torno a los minerales críticos. La pregunta es directa ¿Reaccionaremos a los cambios o lideraremos su dirección?
Yo, estoy convencido de que debemos liderar.




