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La minería argentina no puede competir sin los puertos de Chile

  • Por Ramón Rada Jaman, gerente de Operaciones de Soilfe; y exsecretario ejecutivo del Tratado Minero. //

Ramón Rada Jaman, gerente de Operaciones de Soilfe; y exsecretario ejecutivo del Tratado Minero.

En la nueva carrera por desarrollar la minería argentina, Chile también gana. Y esto no significa que Argentina pierda. Muy por el contrario, nuestro mar aumenta el valor económico de sus yacimientos. Esa es una de las dimensiones más importantes y menos comprendidas del Tratado de Integración y Complementación Minera Chile-Argentina.

Los grandes proyectos cupríferos de San Juan están prácticamente apostados sobre nuestra frontera y tienen frente a ellos una realidad geográfica difícil de discutir: los principales mercados del cobre están en Asia y su salida natural es por el Pacífico. En minería, no basta con tener un buen yacimiento; hay que ser capaz de producir, transportar y colocar competitivamente ese mineral en el mercado. Ahí comienza nuestra ventaja.

Por eso, San Juan debe empezar a mirarse también como un nuevo distrito minero para Chile. Vicuña, Los Azules, El Pachón, Altar y otros proyectos que vendrán, pueden generar actividad económica durante décadas a ambos lados de la cordillera. Para Chile significa carreteras, pasos fronterizos, mineroductos, puertos, energía, desalación, almacenamiento, ingeniería, mantenimiento, transporte, proveedores, tecnología, trabajo y oficios especializados.

No estamos hablando simplemente de sacar concentrado argentino por un puerto chileno. Eso sería reducir demasiado el problema. Estamos hablando de industrializar toda la conexión entre una nueva provincia cuprífera y los mercados mundiales, capturando parte de esa renta logística, tecnológica e industrial en Chile.

Hay además una dimensión que para mí es inseparable de esta discusión: Chile no es solo un país minero. Es un país marítimo, tricontinental y de vocación bioceánica. Nuestra proyección insular nos conecta con Oceanía; nuestra proyección austral alcanza la Antártica y, en el extremo sur del continente, Chile ejerce dominio pleno y arbotante soberanía sobre el Estrecho de Magallanes, uno de los espacios marítimos estratégicos más importantes del hemisferio sur.

Esto no es simplemente geografía. Es responsabilidad y legado histórico para, con y desde el mar. Al otro lado del Pacífico están China, Japón, Corea y los principales mercados consumidores de cobre. La cercanía competitiva al mar, en este escenario, puede resultar casi tan importante como la propia calidad del yacimiento en frontera.

Por eso el Tratado Minero no puede seguir mirándose como un acuerdo destinado únicamente a facilitar áreas de operaciones transfronterizas. Su potencial es bastante mayor. Argentina aporta una nueva provincia cuprífera de escala mundial; Chile aporta el mar, infraestructura, conocimiento minero y la conexión competitiva con el mundo.

No necesitamos que Argentina pierda para ganar. Necesitamos que sus proyectos sean más competitivos, utilizando nuestra infraestructura crítica tanto minera como marítima. Chile puede capturar parte importante de ese desarrollo precisamente porque conecta, integra y agrega valor. Y quizás esta nueva minería argentina vuelva a recordarnos algo que nuestra propia historia muchas veces nos ha enseñado: el futuro económico, minero y geopolítico de Chile existe y se desarrolla gracias al mar.

 

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