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Crecer no basta: el verdadero desafío del desarrollo en Chile
- Por Mg. PMP Raúl E. Catalán Castro, Gerente CYTIES Investigación & Desarrollo. //

Durante décadas, Chile ha sido presentado como una economía capaz de crecer, atraer inversión, expandir sus exportaciones y sostener una relativa estabilidad macroeconómica en comparación con buena parte de América Latina. Ese mérito es real. Sin embargo, también es real que el país arrastra una pregunta cada vez más incómoda, pero absolutamente necesaria: ¿cuánto de ese crecimiento económico se ha traducido efectivamente en desarrollo para las personas y los territorios?
La distinción no es menor. Crecer y desarrollarse no son sinónimos. El crecimiento económico da cuenta del aumento en la producción de bienes y servicios de una economía a lo largo del tiempo; el desarrollo, en cambio, se relaciona con la capacidad de una sociedad para transformar esa expansión productiva en mejor calidad de vida, mayor equidad, mejores oportunidades, cohesión social y bienestar sostenible. Una economía puede mostrar cifras positivas y, aun así, mantener profundas fracturas internas. Chile conoce bien esa paradoja.
En términos técnicos, una economía puede crecer por tres grandes motores: el aumento del empleo, la acumulación de capital y el incremento de la productividad. Este último factor es, probablemente, el más decisivo en el largo plazo. No basta con trabajar más o invertir más; el verdadero salto ocurre cuando un país logra producir mejor, innovar, sofisticar su matriz productiva, articular conocimiento con empresa, y elevar la calidad de sus instituciones. Allí se juega buena parte del destino económico y la estabilidad democrática de una nación.
Chile ha logrado avances importantes, especialmente en materia de inserción internacional, estabilidad fiscal, apertura comercial y consolidación de sectores altamente competitivos, como la minería y ciertas áreas de la agroexportación, los servicios y la energía. Sin embargo, esa base, aunque valiosa, no ha sido suficiente para construir un desarrollo robusto e integral. La concentración de la riqueza, la persistencia de desigualdades en los ingresos, las brechas en la calidad de los servicios públicos, las limitaciones en el acceso a oportunidades y las profundas disparidades territoriales evidencian que el crecimiento, por sí solo, no basta para resolver los problemas estructurales de una sociedad.
El punto de fondo es que no todo crecimiento tiene la misma calidad ni produce los mismos efectos. Cuando el crecimiento se concentra en pocos territorios, sectores y grupos sociales, cuando depende excesivamente de recursos naturales, cuando no impulsa encadenamientos productivos internos, cuando no fortalece a las regiones, cuando no genera empleos de calidad o cuando no mejora efectivamente las capacidades de las personas, su capacidad de transformarse en desarrollo disminuye. En esos casos, la economía avanza en las estadísticas e indicadores, pero no necesariamente en la vida ni experiencia cotidiana de la ciudadanía.
Chile ha reducido la pobreza y ha ampliado el acceso de la población a bienes y servicios, infraestructura y consumo. Eso debe reconocerse sin ambigüedades. Pero también es evidente que una parte importante de la población sigue viviendo bajo condiciones de incertidumbre, vulnerabilidad y sensación de rezago. Muchas familias perciben que, pese a los avances macroeconómicos, el esfuerzo diario no se traduce en seguridad, movilidad social o calidad de vida suficiente. Cuando esa distancia entre cifras y realidad se profundiza, la legitimidad del modelo de crecimiento comienza a erosionarse. En Chile, el 1% de la población captura el 30% del total de ingresos del país ($357.371 millones de dólares. Banco Central 2026).
El desafío de Chile no es simplemente crecer; es crecer mejor. Eso implica fortalecer la productividad, pero también, redistribuir oportunidades; atraer inversión, pero con mayor encadenamiento territorial; promover innovación, pero articulada con educación, formación técnica, ciencia y desarrollo local; impulsar sectores estratégicos, pero con una mirada de largo plazo que combine competitividad, sostenibilidad y cohesión social. En otras palabras, el crecimiento debe dejar de ser entendido como un fin en sí mismo y pasar a ser concebido como un medio para ampliar dignidad, capacidades y bienestar.
Hoy más que nunca, Chile necesita una conversación madura sobre la naturaleza de su desarrollo. No basta con preguntarnos cuánto crece la economía; debemos preguntarnos para quién crece, dónde crece, cómo crece y qué transforma realmente. Porque cuando el crecimiento no mejora sustantivamente la vida de las personas, el problema ya no es solo económico: es político, social y ético.
El gran reto del país es dar el paso desde una economía que sabe expandirse hacia una sociedad que sabe desarrollarse. Ese tránsito exige visión estratégica, acuerdos amplios y una convicción profunda: el desarrollo verdadero no se mide únicamente en puntos de PIB o en montos de inversión, sino en la capacidad de una nación para convertir su riqueza en bienestar y calidad de vida para todas y todos los chilenos.




