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Exportar cobre refinado es un buen negocio

Por
Gustavo Lagos

Profesor UC y miembro de Cesco

UC professor and Cesco member

Las exportaciones de cobre de Chile se realizan, fundamentalmente, en dos productos. Primero, el cobre refinado, que consiste en cátodos de al menos 99,99% de pureza, y que se encuentra aceptado por la Bolsa de Metales de Londres, como un producto cuyo precio se transa en esa y en otras dos bolsas del mundo. Y, segundo, en concentrados, que son partículas finas de color gris, que contienen un poco menos de 30% de cobre, y que son fundidos y refinados en fundiciones y refinerías que se encuentran en diversas partes del mundo, especialmente en China y en Asia.

En 2019 Chile exportó el 52% de su cobre en cátodos, y el resto en concentrados. En 1990 esta cifra era 12,4% (concentrados), sin embargo, y la tendencia hacia 2035 es que el cobre exportado por Chile en concentrados llegaría, según diversas proyecciones, a algo así como tres cuartos del total. Es decir, cada vez Chile dependerá más de otros países para fundir y refinar sus concentrados.

Ello es, sin duda, un motivo de preocupación, ya que Chile, el mayor productor mundial de cobre, estará vendiendo principalmente un producto intermedio, y va a ir perdiendo el contacto directo con los clientes finales, que son, por ejemplo, fabricantes de automóviles, computadoras, celulares y todo de tipo de productos electrónicos, eléctricos, y otros. Al mismo tiempo, va a quedar crecientemente a merced de China para fundir sus concentrados, ya que ésta tenía en 2018 el 37% de la capacidad de fundiciones del mundo, mientras Chile, el tercer país con mayor capacidad de fundición, tenía cerca de 8%, y Japón (el segundo), un poco menos del 9%.

Esta dominación de China en fundiciones está aumentando, y llegará a más del 50% en los próximos años, teniendo, obviamente, un rol más dominante que el actual, en la fijación de las tarifas de fusión y refinación, que las fundiciones cobran a las empresas mineras para fundir y refinar sus concentrados.

Pero, además, hay otras amenazas para Chile en lo concerniente a estas tendencias.

Primero, cuando un productor de cobre vende cátodos, se entera directamente de las necesidades y exigencias del usuario final, es decir adquiere conocimiento íntimo de las tendencias del mercado. Una cuestión que dichos usuarios están crecientemente exigiendo es la trazabilidad del cátodo, es decir, cómo se produjo y qué huella ambiental y social tiene. Esta comunicación con el usuario final será cada vez más indirecta para los productores nacionales dada la tendencia productiva.

Segundo, cuando Chile exporta concentrados a China, ello significa emitir cerca de un tercio más de gases invernadero (a nivel global) que exportar cátodos. Ello debido dos efectos. El primero es que la matriz eléctrica chilena tiene menos combustibles fósiles que la matriz eléctrica china. Y segundo, porque transportar concentrados es más oneroso ambientalmente que transportar cátodos. Pero, además, los otros indicadores de ciclo de vida, como por ejemplo, el potencial de acidificación, es bastante menor cuando se exportan cátodos. Es decir, de no revertirse la tendencia actual de aumentar las exportaciones de concentrados, Chile va a quedar más vulnerable y expuesto a exigencias ambientales globales, que ya son nítidas.

Una tercera amenaza es que los concentrados que contienen impurezas consideradas tóxicas, no solo tienen restricciones de ingreso a la mayoría de los mercados, sino que tienen protocolos de transporte marítimo que son más caros, y que podrían encontrar impedimentos en el futuro. Además, las tarifas para fundir estos concentrados podrían irse al cielo. Es decir, Chile, está virtualmente obligado a fundir en el país los concentrados con impurezas tóxicas en el futuro. Y tiene muchos.

Una cuarta amenaza es que los concentrados deben contar con instalaciones especiales para ser almacenados (algo similar a lo que ocurre con el petróleo). La capacidad de almacenamiento global no supera unas pocas semanas de producción, por lo que es posible que en algún momento se corten las cadenas de suministro, forzando el cierre de las minas. Es lo que podría haber pasado – y aún puede ocurrir – en la Pandemia – y que afortunadamente no ocurrió en abril y mayo pasados, cuando se cortaron la mayoría de dichas cadenas en el mundo. En cambio, los cátodos pueden ser almacenados en forma indefinida prácticamente en cualquier parte, y no cuentan con obstáculos para el transporte marítimo.

¿Qué hacer entonces?
La cuestión que enfrenta Chile, y que tiene sin duda un carácter estratégico, por cuanto afecta cerca del 50% de sus exportaciones, parece simple. Hay que construir nuevas fundiciones o bien expandir las actuales.
¿Por qué no ha ocurrido esto en un mercado abierto en donde cualquier empresa en el mundo podría haber construido nuevas fundiciones en Chile?

Por cuatro motivos. Mala gestión. A las fundiciones chilenas no les ha ido muy bien en los últimos 10 años, cuatro de las siete tuvieron pérdidas económicas sistemáticas, y en lo ambiental, recién en 2019 se ven mejoras importantes, tras tener que cumplir con la nueva normativa ambiental impuesta por el Decreto 28 de 2013. Pero, aun así, las fundiciones chilenas están lejos de alcanzar los estándares ambientales promedio que tienen dichas instalaciones a nivel global.

Entonces, los chilenos miran las fundiciones como procesos sospechosos, contaminantes. Esta negativa percepción sobre las actuales fundiciones, gatilla un segundo obstáculo. Obtener los permisos ambientales y la licencia de la comunidad para construir una nueva fundición. Si hubiera un inversionista extranjero, y los hubo en los últimos 20 años, que estuviera dispuesto a invertir en Chile en una nueva fundición, colocando sus capitales, va a tener que revertir, a través de acciones concretas y creíbles, esa mala imagen.

Tercero, es necesario que los productores mineros nacionales comprometan suministro de concentrados para dicha fundición. Ello no ha ocurrido en Chile en las últimas dos décadas, pero la verdad es que nadie preguntó a las mineras chilenas si estarían dispuestas. No se observa que haya obstáculo para ello.

Y, cuarto, el negocio de fundiciones es de carácter industrial, sus rentas son inferiores a las de la minería, y dependen en gran medida de la gestión que se haga, de la productividad laboral y del precio de la energía. Este último se ha reducido a niveles competitivos en los últimos años. Pero, para que una nueva fundición en Chile sea rentable va a haber que cambiar algunas prácticas de negocios y laborales para poder lograr aumentar la productividad promedio de las fundiciones chilenas al menos al doble de lo que es actualmente.

El documento publicado por Cesco en mayo 2020, titulado, “El cobre refinado es buen negocio para Chile”, hace una propuesta para construir una nueva fundición en Chile, como respuesta a los argumentos expuestos anteriormente.

Y también, plantea una serie de oportunidades que se reabren para Chile con una iniciativa como ésta. Entre otras, presentar este eslabón de la cadena productiva en su verdadera y valiosa dimensión, que fue perdiendo en el país, recuperar un rol que Chile tuvo en fundiciones en los 90. La mayor complejidad de los minerales, con altas impurezas y otras dificultades metalúrgicas, exige un nivel profesional y tecnológico, cuyo desarrollo se da únicamente a través de experimentar y procesar dichos concentrados y no únicamente a través de papers. Así, por ejemplo, el procesamiento de concentrados con alto arsénico, muy abundantes en Chile, debería constituir una actividad en la que la tecnología chilena debería ser líder a nivel mundial, involucrando a muchos investigadores, académicos y empresas en Chile, con actividades de alto valor agregado. Conduce a reiniciar la investigación en serio de los grandes desafíos geológicos y químicos que están presentes en los actuales yacimientos del país, con minerales cada vez más complejos. Es probable que el futuro de la minería chilena dependa en buena medida de la capacidad con que enfrentemos esto.

La propuesta de Cesco está basada en una evaluación robusta de la rentabilidad de una nueva fundición refinería en Chile. La propuesta es que lo que se construya sea de última tecnología, financiada y operada por una empresa de experiencia internacional, con capacidad para operarla en forma rentable y ambientalmente sustentable; y que, en principio, sea independiente de una empresa minera en particular. La propuesta incluye un rol focal para el Estado, cuya acción de apoyo estará enmarcado en una política pública respecto de la capacidad de Fundiciones y Minería en Chile sin aportar recursos financieros, pero apoyando diversos aspectos que pueden allanar el camino hacia la instalación de una nueva fundición en el país.

Cesco ha organizado un amplio grupo de expertos que está conversando esta propuesta con líderes de opinión en la industria, en el gobierno, y en otros ámbitos, con vistas a poder poner en marcha esta iniciativa en Chile. (Fuente: Boletín Mensual Cesco, julio 2020).

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