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El costo oculto de la Inteligencia Artificial en los equipos de trabajo
- Por Paulina Vittini, CEO de Mentoru.//

Cada vez que se habla de Inteligencia Artificial (IA) y trabajo, la conversación se concentra en una sola cifra: cuántos empleos van a desaparecer. Es una pregunta legítima, pero incompleta: el efecto más profundo de esta transformación no se ve en los titulares sobre despidos, sino puertas adentro de las organizaciones, en la persona que sigue en su puesto y se pregunta, en silencio, si será la próxima.
Una reciente encuesta de KPMG mostró que más de la mitad de los trabajadores teme que la IA termine reemplazando su empleo, una cifra que casi se duplicó en un año. Y lo relevante es que ese miedo cobra su precio, aunque el despido nunca ocurra. Distintos estudios coinciden en que la incertidumbre laboral erosiona el compromiso, la productividad y la retención, incluso, en equipos donde no ha habido un solo recorte. No es casualidad que, según Gallup, el compromiso laboral a nivel global haya caído en 2025 a su nivel más bajo desde 2020.
El miedo es un impuesto invisible sobre el desempeño, y cuando alguien cree que esforzarse de más no cambiará su destino, deja de dar ese extra que distingue a un equipo que innova de uno que apenas cumple.
Aquí aparece una paradoja que conviene mirar con calma. Los grandes números no son catastróficos: el Foro Económico Mundial proyecta que, hacia 2030, la tecnología desplazará unos 92 millones de empleos, pero creará cerca de 170 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones. La ola no es solo de destrucción es, sobre todo, de recomposición. El problema es que un equipo paralizado por el miedo no está en condiciones de aprovecharla: quien teme por su puesto tiende a evitar las mismas herramientas que podrían volverlo imprescindible.
Y es justamente ahí donde muchos liderazgos se equivocan. La reacción más frecuente frente a la IA es presentarla como una amenaza que pende sobre el equipo, o usarla como argumento para exigir más con menos. Es el camino corto, y también el más caro: deja organizaciones llenas de “sobrevivientes” desconectados, que es exactamente lo contrario de lo que se necesita para transformarse.
La buena noticia es que existe otro camino, y también está respaldado por la evidencia. El mismo informe del Foro Económico Mundial señala que cerca de la mitad de las empresas planea reconvertir a su gente hacia nuevos roles en lugar de simplemente prescindir de ella. La salida, entonces, no es despedir, sino transformar. Es acompañar a las personas para que dejen de ser espectadoras del cambio y se conviertan en protagonistas. Y eso no se consigue con un comunicado tranquilizador ni con un curso teórico sobre IA, sino dándole a cada persona la oportunidad concreta de adquirir las nuevas habilidades —digitales, de negocio y también profundamente humanas— practicándolas en un entorno seguro, hasta que la herramienta deje de ser una amenaza y pase a ser una extensión de su trabajo.
La pregunta que las organizaciones deberían hacerse este año no es cuántos puestos pueden reemplazar con IA, sino una más exigente y, a la larga, más rentable: cómo lograr que sus equipos crucen esta transformación completos.
El desempleo tecnológico será, en buena medida, una profecía autocumplida para quienes solo sepan recortar. Para quienes decidan formar, será otra cosa muy distinta: la mayor oportunidad de reinvención que ha tenido el trabajo en décadas.




