- Carlos Fredes García, Gerente de Negocios Oneka Technologies. //

Durante décadas, Chile observó el océano principalmente como una frontera natural o una plataforma para actividades tradicionales como la pesca y el comercio exterior. Sin embargo, en un escenario marcado por la crisis hídrica, el cambio climático y la presión sobre los recursos naturales, el mar comienza a adquirir un nuevo significado estratégico: convertirse en una fuente de resiliencia para el desarrollo económico y territorial del país.
La escasez hídrica ya no es una amenaza futura. Es una realidad que afecta la competitividad de sectores productivos, la calidad de vida de las comunidades y la estabilidad de amplias zonas del territorio. Frente a ello, la discusión no puede limitarse únicamente a administrar la escasez. Chile necesita ampliar sus fuentes de agua y energía mediante soluciones sostenibles, capaces de convivir con la protección ambiental y el desarrollo local.
En ese contexto, la denominada Economía Azul deja de ser un concepto teórico para transformarse en una oportunidad concreta. La integración entre desalación y energías marinas —como la energía undimotriz, que aprovecha el movimiento de las olas para generar electricidad limpia— abre un camino particularmente relevante para un país con más de cuatro mil kilómetros de costa y una creciente demanda hídrica.
El potencial es amplio. Caletas pesqueras, agricultura de secano, ciudades costeras y polos mineros podrían acceder a mayor seguridad hídrica sin depender exclusivamente de fuentes continentales cada vez más tensionadas. Al mismo tiempo, el desarrollo de estas tecnologías puede impulsar innovación, empleos especializados y nuevas capacidades industriales asociadas al océano.
Chile, además, comienza a posicionarse internacionalmente en esta conversación. La realización de la Blue Week 2026 y el reconocimiento obtenido por iniciativas vinculadas a desalación sostenible y energías marinas muestran que el país puede transformarse en un referente regional en innovación oceánica. La conexión con desafíos globales como el XPRIZE Water Scarcity también refleja que la crisis hídrica requiere soluciones disruptivas y colaboración internacional.
Pero este desafío no será posible sin una estrategia país. La articulación entre sector público, industria, academia y organizaciones técnicas será decisiva para avanzar hacia una economía oceánica sostenible. En esa línea, actores como la Asociación Chilena de Desalación y Reúso (ACADES) pueden desempeñar un rol relevante en la construcción de estándares, políticas y capacidades que permitan integrar desalación, reúso y sostenibilidad territorial.
La experiencia internacional demuestra que este camino es viable. Noruega ha consolidado una acuicultura altamente tecnológica; Dinamarca transformó el mar en una plataforma energética; Australia ha impulsado proyectos de restauración marina; y Costa Rica ha vinculado conservación con desarrollo turístico sostenible. Todos ellos entendieron que el océano no es únicamente un espacio de explotación, sino también un motor de innovación y resiliencia.
Chile posee condiciones naturales excepcionales para avanzar en esa dirección. La protección de más del 54% del mar territorial mediante parques marinos demuestra, además, que desarrollo y conservación no son conceptos incompatibles. El desafío ahora consiste en transformar esa ventaja geográfica en una visión estratégica de largo plazo.
Apostar por el mar como fuente de agua, energía y desarrollo no es simplemente una respuesta a la sequía. Es una manera de redefinir la relación del país con su territorio y de convertir una crisis estructural en una oportunidad de futuro.



